lunes, 16 de mayo de 2016

El pianista en las alturas.




                                             Autor de la pintura: David Celi "Piano de cola".
                                             Autora del texto: Irä.




Lo observé durante años. Inmersa en un silencio abrumador, temía que su existencia se volatilizara por culpa de un susurro mal entonado o el ligero aleteo de una respiración demasiado turbada. Cada noche, cuando el sueño reinaba y el silencio ahogaba, me escondía tras las cortinas de mi cuarto y esperaba a que una frágil figura conocida, perfilara las alturas.
 Allí, en el techo del alto edificio, descansaba un viejo piano: desconchado, sucio y gris. Al igual que yo, el solitario piano esperaba, imperturbable, la llegada del viejo pianista.
Solo cuando la oscuridad se tornaba lo suficientemente profunda, el tétrico pianista hacía su puesta en escena. Se trataba de un hombre extraño; marchito por el pasar de unos años, seguramente no demasiado agradables. Portaba dos grandes ojos plagados de sombra y duda, sus pies arrastraban consigo un alma antigua y sus trémulas manos escondían un don extraordinario.
Cuando tomaba asiento y sus dedos comenzaban a bailar sobre las teclas desgastadas, mis pulmones olvidaban respirar y mi corazón se convertía en un pajarillo inquieto.
Jamás conocí su nombre, ni el por qué de sus visitas nocturnas al cielo de asfalto. Lo único que conseguí  averiguar, tras años de ausencia enmascarada fue que aquel hombre, era hermano de las estrellas: invisible en el día; brillante y arrebatador en la noche.

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